Ellas se llamaban... (II)

El feminicidio tampoco es un crimen pasional. En el pasado y todavía hoy, en los medios de comunicación se continúa utilizando esta expresión, que ha pasado al lenguaje común.

No se utiliza por error, tampoco por impericia en el manejo del tema. Hablar de “crimen pasional” es negarse a reconocer que los feminicidios retratan la relación de desigualdad entre hombres y mujeres que la sociedad da por válida.

Hablar de crimen “pasional” exculpa al feminicida, le quita de encima buena parte del peso de su crimen.

Las pasiones son incontrolables y ciegan, y en un momento de “ceguera” se comete cualquier cosa; es decir, el feminicida “no sabía lo que hacía”.

Ese es el verdadero mensaje oculto en la frase “crimen pasional”. Está demostrado, sin embargo, que los feminicidios no son consecuencia de un “arranque”, sino la culminación de una historia de violencia que se desarrolló a lo largo del tiempo.

Es el “mía o de nadie” que también forma parte del lenguaje y la cultura en que han sido educados los hombres. La mujer considerada una posesión, jamás una persona autónoma cuyas decisiones deben ser respetadas.

Esto explica que, con frecuencia, al feminicidio anteceda la violación sexual: el feminicida se declara dueño del cuerpo y de la vida de su víctima.

Sucedió, por ejemplo, con Rosalinda Yan Pérez, violada por su expareja, pero también por su cómplice en el crimen. El número creciente de feminicidios en el país nos dice que estamos frente a un problema social grave que debe ser enfrentado con urgencia para limitar los daños que provoca. Se habla de adoptar medidas preventivas –endurecer las penas, crear suficientes casas de acogida, utilizar botones de pánico, mejorar la asistencia policial y de las fiscalías barriales, etc. — y eso está bien.

Pero asimismo hay que multiplicar exponencialmente los esfuerzos por cambiar la cultura de la violencia contra las mujeres. Los dirigentes políticos y sus partidos, los activistas sociales, las instituciones del Estado y del gobierno, las iglesias, las asociaciones privadas, la sociedad toda, tienen el compromiso de trabajar en el cambio de los patrones culturales que constituyen factores de riesgo para la vida de las mujeres y para su integridad y dignidad humana.

Fuente: Diario Libre

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